En la provincia de Sevilla, donde canta la chicharra, donde canta de verdad, está el Toruño; hogar temido, antaño buscado, por los alamares toreros del escalafón. Guardiola llevan por apellido.

Toros altos, huesudos, muchos astigordos (el de la foto de abajo es una excepción ¡ese pitón derecho es un alfiler!) y largos.


Pasamos entre las manadas, viendo la camada que pastaba a sus anchas por el terreño (así se llaman estas tierras, que dieron nombre a la finca). En algunos momentos dejamos de lado la cordura, véase en esta foto de abajo el espejo retrovisor del coche y al lado los toros; y os aseguro, que en la foto parece que entre unos y otros hay mucho más espacio del que en realidad había.

Luego, tentadero, pero eso es para la próxima entrada. A ver si alguno adivina quién tentaba. Os doy una pista: es un matador de toros, sevillano el, que una vez cortó dos orejas en la maestranza, y no fueron tres por pinchar, y toda sevilla se quedó con las ganas de verlo salir por el paseo colón.
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